sábado, 13 de marzo de 2010

CONTORNO DE LA PLAZA DEL CHARCO: AYER Y HOY

Les invitamos a dar una vuelta a la plaza, como aquel movimiento reflejo que caracterizaba a tantos y tantos portuenses sobre todo los domingos por la tarde y que terminó convirtiéndose en un auténtico uso social. Chicos y grandes, padres e hijos, novios y novias, aburridos y divertidos, pedantes y desenfadados, quien más quien menos, en algún momento de su vida, dio vueltas a la plaza del Charco.

Será una vuelta peculiar en todo caso. Se trata hacer un recorrido por el perímetro, por el contorno de ese espacio urbano que alguna ocasión hemos definido como médula espinal de lo portuense. ¿Qué hubo, qué había en las calles que rodeaban la plaza? Casas, comercios, bares, sedes, personajes… Es, si quieren, una licencia para la nostalgia.

El recorrido comienza en el lateral este, impecablemente adoquinado, donde un tiempo paraban las guaguas y quedó luego establecida la parada de taxis. Por allí discurrían procesiones y actos lúdicos, como la carrera de sortijas y la batalla de serpentinas y confettis. Y allí estaba una casona que habitaba la familia González de Chaves. Juan Molina y Pepe el pintor ocupaban los locales que daban a la vía, luego reformados para “Bo-Ti-Su”, el nombre de una tienda-boutique que lucía gran escaparate. El zaguán de la casa fue utilizado en alguna ocasión como vestuario improvisado para los jugadores de equipos de baloncesto que competían en la misma plaza. Cuando la vieja edificación fue derribada, surgió el edificio “Luna” en cuya primera planta, durante muchos años, funcionó en determinadas épocas del año un excelente restaurante, “Belmann”.

El comercio de José Bercedo, quien más tarde se trasladó a Santa Cruz, era el inmueble que seguía, luego sede del Banco Exterior de España, con sus peculiares puertas y ventanas. Allí vivieron las familiaa Lasso-Purriños y de Aurelio Sanz. Cuando la entidad se mudó, los locales han tenido distintos usos comerciales, actualmente un perfumería.

Heterogénea actividad comercial

La calle Quintana, popularmente conocida por “Canal de Suez”, que unía de forma peatonal Blanco con San Juan, era el límite de la manzana. Al otro lado, estaba otra casona, donde vivieron las familias González, Reverón y de Tomás y Martí. Uno de los locales comerciales, el de la esquina, estuvo regentado por Carlos Perera, a quien siguió “Kashmir”, siempre tan a mano para los últimos regalos de Navidad y Reyes. En otro estaba la agencia “Ford”. A su lado, la popular barbería de don Ignacio, continuada por su hijo Servando. Parte de la casona, la que ocupaban los González, fue destruida por un incendio en Semana Santa de 1984. La restauración del edificio dio origen a una prestigiosa galería comercial, “Columbus”, y a un restaurante-heladería de próspera trayectoria.

La librería de Fernando Luis, la librería “Tenerife”, fue otro lugar emblemático para los portuenses. Hay que recordar aquellas colas de lunes para comprar “Aire Libre”, el semanario deportivo que despachaba el mismo propietario, cuando no, su esposa Antoñita. Los viejos y artesanales escaparates, bajo una singular balconada, dieron paso a una transformación modernista del negocio en la segunda mitad de la década de los sesenta. Un banco ocupa actualmente aquella superficie.

Al lado, otra firma de renombre insular, “Las Afortunadas”, una ferretería que, con el tiempo, y ya disponiendo de todo el inmueble (Blanco, 1), resultó ser algo más. Allí tuvieron su primer trabajo muchos jóvenes portuenses, dirigidos por el siempre serio Juan Méndez Reverón. Cuando cambió la localización del establecimiento, se sucedieron otros usos y actividades comerciales, hasta nuestros días, con otra entidad bancaria y un consultorio médico.

Fue la casa familiar de quien suscribe, donde estuvo una escuela memorable. Antes de “las Afortunadas”, el citado Fernando Luis dispuso allí de un pequeño comercio de bebidas y otros productos, en el que también trabajó Ramón García Carballo, posterior emigrante a Venezuela.

Residencia “Isora” completa este lado del perímetro. Popularmente conocida como “Casa del coño” (seguramente por la tipología y la altura de la edificación), fue de los primeros establecimientos dedicados a albergar turistas. Allí trabajó uno de los personajes urbanos más populares del Puerto de la Cruz, Gilberto Hernández. A finales de los sesenta, la azotea de “Isora” acogió los primeros guateques estudiantiles en las tardes de sábados y domingos. Hoy, viviendas, oficinas y tiendas.

Sur y oeste: edificaciones que cedieron

Estamos ya en el costado sur. En la manzana estaba la gran edificación que acogía las viviendas de Diego Arroyo y Andrés Baeza y sus respectivas familias. Allí estuvieron emplazados el depósito del bar “Dinámico” y los comercios de ultramarinos de don Julián así como los de Manuel Pérez Perdigón y Sixto Trujillo. El desarrollismo dejó paso a la antigua residencia “Centro” y al edificio “Plaza del Charco”. De los locales comerciales, aún se evoca la barbería de Pedro Lorenzo que continuó su hijo Luis hasta su fallecimiento. Boutique, tienda, pequeños comercios y, sobre todo, farmacia, se localizan actualmente en uno los pasajes más transitados de toda la ciudad.

Lateral oeste. Allí estuvo el empaquetado de Verdugo, destruido por un voraz incendio en la década de los cincuenta. A principios de la década siguiente, surgió un edificio de viviendas. En el local de la planta inferior, primero estuvo el “Oasis Centro”, de Otto Welsch, concebido para hacer competencia al “Dinámico”. Después, sedes de bancos y actualmente una pequeña sala de juegos recreativos.

Junto al empaquetado estaba la vivienda de don Juan Ruiz, con un generoso patio interior. Tras su desaparición, edificaron la residencia “Tropical”, unida interiormente desde hace años con la antigua “Franpérez”, hoy “Park Plaza”.

Lugares para usos y hábitos sociales

La calle Puerto Viejo delimita otra manzana. En ésta hay que consignar la vivienda de doña Clementina Peraza y familia. En una de las estancias de la planta baja, estuvo abierta la escuela de José González Méndez, donde aprendieron a leer y escribir centenares de portuenses. La alineación del planeamiento mermó considerablemente el espacio edificado ya en los años ochenta.

“…y un mal Círculo de Iriarte, donde cuatro ranilleros hablan de ciencias y artes”, dice la copla popular. Allí estuvo la sede de la sociedad que acogió también la vivienda del conserje Juan Mesa y familia. Debieron ser apasionantes y atrayentes las actividades sociales del Círculo. Allí hay que localizar los bares de Benito y Germán Molina. Años después, la residencia “Plaza”. Y donde estuvieron los bares, un salón de recreativos con los primeros futbolines electrónicos y las máquinas traganíqueles. Otro pequeño local, dedicado a la venta de electrodomésticos, sobrevivió a las reformas aún permanece abierto.

Estamos ya en la casona que acogió la sede Falange Española y del Frente de Juventudes. Junto al gran patio en cuyo centro estaba plantada una generosa palmera, estaba un local muy largo sirvió primero de taller-garaje y luego de carpintería, donde trabajó el maestro Barroso. En la parte trasera, antes de una pequeña cancha donde hacían la educación física los alumnos del antiguo Instituto Laboral, estaba el taller de Salvador Acosta, don Boro, enseñando a su hijo a hacer insólitos trabajos metálicos y de soldadura. Porfirio y familia ocupó una de las viviendas. En otras habitaron funcionarios docentes y de justicia.

Muy popular, en la fachada que daba a la plaza y ante la parada de guaguas urbanas que estuvo allí emplazada unos años, fue el “cafetín” -así le decían- de Manuel González “el Rolón”. Sus hijos continuaron su laboriosidad, contrastada en el despacho de cortados, pasteles y pachangas antes y en el descanso de cada sesión cinematográfica. Apenas transigió con un futbolín que causaba mucho ruido y voces altisonantes de jugadores y espectadores. Pero gozó con el célebre duelo entre Juan Roberto Ríos y Gilberto Hernández a ver quién comía más dulces.

Y al lado, el “cinema Olympia”. Ver los cuadros fue un ejercicio -un auténtico uso o hábito social- constante durante décadas. Pronunciamos unas palabras la noche de su clausura. Durante su existencia, las proyecciones cinematográficas alternaron con algún combate de boxeo y bailes en Carnaval y Fiestas de Julio, apodados como “los baños turcos”, tal era el calor que concentraban. En un trabajo publicado en un programa de las citadas fiestas se cuentan sustanciosas anécdotas registradas en un peculiar recinto, dividido en dos partes de butacas y que llegó a tener, cuando cerraron el “Topham” hasta su posterior reconstrucción, la exclusiva de las proyecciones cinematográficas de la ciudad. Un decorador santacrucero, un interiorista, Ignacio Lutzardo, impenitente seguidor del Club Deportivo Tenerife, tuvo a su cargo la reforma. Tras el cierre, un edificio de locales comerciales, despacho y oficinas y que también da a la calle Pérez Zamora.

Recta final: de bares, ferretería y bancos

Siguiendo esta línea, llegamos a la esquina del “Bar Capitán”, de don Francisco Fernández. El inmueble acogió también, en su época, una pensión. Claro que antes hay que consignar el paso de los hermanos Manuel y Domingo González con su padre, así como aquella denominación curiosa, “La isla de enfrente”, sólo explicable porque su poseedor era natural de Gran Canaria.

Finalmente, ya en la franja norte, se recuerda el edificio del establecimiento conocido como “Viuda de Yanes”, destinado a ferretería y materiales de construcción. Allí vivieron las familias de Cándido Gil y de los hermanos García González. Como tantos otros de los alrededores, el edificio también cedió al desarrollismo y tomó el testigo otro más moderno de viviendas y oficinas, rematado por espaciosas dependencias primero del Banco Exterior de España y después de Argentaria y BBVA, actualmente vacías, por cierto.

En fin: éste ha sido el recorrido, seguro que con alguna omisión, totalmente involuntaria pero que obliga a presentar disculpas. Imposible, por ejemplo, haber conseguido alguna identificación y hasta algún apellido.

Plaza del Charco y su contorno. Así ha evolucionado. Y así seguimos evocando.

1 comentario:

Jesús M. Hernández dijo...

A perdonar el fallo de ayer en 'dejémoslo'. Hubo un corrimiento de tilde. Efectivamente, pues no dio este menda vueltas a la Plaza del Charco con la que hoy sigue siendo mi mujer. Unas tropecientas mil... ¡cada domingo! De ahí surgió mi afición a las caminatas. A seguir sacando aconteceres a la luz, amigo.