lunes, 13 de marzo de 2017

EL ODIADOR

Odiador. La voz es, en sí misma, antipática, no dan ganas de pronunciarla. Pero la figura se va imponiendo, tanto en medios digitales como audiovisuales,

El Código Penal español tipifica el delito de odio en su texto articulado: atentar contra la dignidad de las personas por el mero hecho de padecer éstas una enfermedad o una discapacidad o de pertenecer a un grupo o a una identidad religiosa, sexual o étnica. La incitación al odio y a la violencia puede ser castigada hasta con cuatro años de prisión, la misma pena para aquellos que “distribuyan, difundan o vendan escritos o cualquier otra clase de material o soportes que, por su contenido, sean idóneos para fomentar, promover, o incitar directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia”.

El odiador está ahí, en su pantalla, en su emisora de radio, en su red social, en cualquiera de las infinitas opciones de internet. En su laberinto, con unas finalidades muy claras. Es la persona que odia algo o a alguien y dice o escribe cosas desagradables y hasta critica sus logros, principalmente en el contexto digital. Los lingüistas ya han precisado los antecedentes: en la Fundación del Español Urgente (Fundeu), se remontan al siglo XIX para hablar de esta persona como “poco amigo de la escolástica y acérrimo odiador de la barbarie literaria”, como figura en el Corpus Diacrónico del Español, y cuyo uso puede extenderse a ese contexto y al de las redes sociales. En cualquier caso, existen otras expresiones, acaso más transparentes, como enemigo, detractor, difamador, maldiciente, faltoso, el que odia...

La abogada penalista Ruth Sala resume, en un trabajo titulado Incitación al odio y libertad de expresión, las características de la sociedad en que la figura del odiador se va imponiendo: “Nos hemos convertido -escribe- en poseedores de un poder que nos hemos atribuido libremente para destrozar la reputación de alguien en un segundo”. Es un ser que desahoga su bilis y hasta su cólera sin importarle el daño que causa, favorecido, además, por unas coordenadas de cierta impunidad. Es muy explícita la abogada Sala cuando, al tratar de aclarar qué es la incitación al odio, recurre a una sentencia del Tribunal Supremo de 19 de febrero de 2015, en la que se señala que el pensamiento no delinque, y lo que se criminaliza “son hechos externos que ensalzan tal odio y que constituyen hechos tipificados como delito”. La autora, por tanto, entiende que incitar al odio “para la comisión de un hecho que es considerado delito, eso sí que es incitación al odio”.

Claro que entonces llegamos a la dicotomía con la libertad de expresión. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, citado por la propia Ruth Sala, reconocía en marzo de 2011, que “el derecho a la difusión de las ideas incluye y abarca no solo a las inofesivas o indiferentes sino también a las que chocan o inquietan en la medida que, sin tal libertad, pluralismo y tolerancia, no hay sociedad democrática”. ¿Dónde está el límite pues a la libertad de expresión? “Solo se encuentra en el discurso de odio o de incitación a la violencia”, especifica el citado Tribunal Europeo.

El asunto da pie a una discusión jurídica de envergadura porque si se desata un efervescente aluvión -sobre todo en las redes- de opiniones, ataques, menosprecios, vejaciones, infundios e injurias, cómo encajarlo y cómo tratarlo. Hasta en los mensajes que se cuelan en programas televisivos, seguro que inducidos o predispuestos por los locutores de turno. La gran verdad es que no hay tipificado nada que pueda sancionar una convocatoria masiva para atacar a una persona.

Pero el odiador gana terreno, he ahí lo preocupante. Está de moda, cuando menos. Las audiencias deben ser conscientes de que están expuestas a otro fenómeno de manipulación difícilmente controlable. Un fenómeno perverso que arrastra a centenares por no decir miles de personas, las persuade y las fideliza. Ya lo advirtió el guionista, dramaturgo y actor norteamericano, Aaron Sorkin, autor de la inolvidable Algunos hombres buenos: “Quizá sea este el triste destino de la televisión: un lugar en el que practicar nuestro desprecio”.