viernes, 3 de marzo de 2017

ESCENOGRAFÍA 'TRUMPISTA'

Cada país, cada gobierno, cada institución, cada política, cada gobernante tienen su modo de hacer las cosas, sus puestas en escena, sus esquemas de presentaciones públicas, su ceremonial, sus hábitos, sus tendencias… En definitiva, sus peculiaridades para exteriorizar las decisiones que hay que trasladar a la ciudadanía.
Venimos observando con atención la escenografía en la que se desenvuelve Donald Trump desde que accedió a la Casa Blanca. Allí, las cámaras recogen a un presidente predispuesto a firmar resoluciones y órdenes ejecutivas con cierto ringorrango y en presencia de cargos y personalidades (un suponer) de la Administración. Al principio, eran unos pocos. Últimamente, se han incrementado. El Trump firmante despliega unos trazos de abajo a arriba, de arriba a abajo, con bolígrafo o rollerbal de postín, que termina enseñando con ademán de haber hecho poco menos que una hazaña. Algunas imágenes recogen las sonrisas de aprobación, los aplausos de los testigos. Las más recientes, aunque nada tenían que ver con rúbricas de aquel tenor, han permitido descubrir a la abogada y consejera presidencial, jefa de su comité de campaña, Kellyanne Conway, arrodillada sobre un sofá obteniendo fotos con su teléfono móvil. Antes, pudimos ver también a la hija del presidente, Ivanka, sentada en la mesa del célebre despacho oval flanqueada por los presidentes de Estados Unidos y Canadá, foto realizada, por cierto, días después de que la consejera Conway recomendase públicamente a los norteamericanos que adquiriesen prendas de las colecciones de Ivanka, un hecho insólito que, cuando menos, vulnera las normas éticas a las que se someten los funcionarios.
Respetando los criterios de cada lugar y admitiendo que los intríngulis del mandatario deben responder a algunas consideraciones de imagen que los expertos ya estarán evaluando, la escenografía trumpista empieza a ser tragicómica y a producir una cierta grima, al menos cómo la contemplamos desde estas orillas. Hay cosas que serían inimaginables en nuestro país. Parece como si a los republicanos de EE.UU. les hubiera dado una fiebre de vulgarización. O quizá es que se han empeñado en elevar la supuesta campechanía del presidente, a base de trazos gruesos y permisividad ilimitada, pues los corsés formalistas y las rigideces, en los tiempos que corren, ya no se estilan. Desde luego, los humoristas y los imitadores han encontrado un filón.