martes, 10 de septiembre de 2019

MARADONA O LO QUE QUEDA DE ÉL


Son una mezcla tragicómica las imágenes de Diego Armando Maradona durante su presentación como entrenador de Gimnasia y Esgrima, club de la primera división argentina.
El mito pervive, por eso está lleno el campo. La pasión se desata, por eso los testimonios de los aficionados hablan de “dios” y los testimonios encienden una mecha/rosario de expresiones inauditas. Los graderíos están abarrotados y entonan al unísono un cántico que parece de trasnochada rebeldía: “Inglés el que no bote”. Y es ahí donde la realidad puede más: Maradona, o lo que queda de él, no puede botar. El sobrepeso lo impide: agarra una pelota para intentar jugar, hacer algunos malabares; pero no puede. Quiere hablar, sumarse al coro, pero no puede o no le sale la voz. Da igual: los fanáticos apuran su fe ciega: Diego está ahí. Está con nosotros.
Diego Armando Maradona, o lo que queda de él, es una suerte de guiñapo, una caricatura de sí mismo. Pero aún inspira fe y entusiasmo. Había setecientos periodistas acreditados para cubrir la rueda de prensa de la presentación. En la distancia no sabemos si le han contratado para la enésima oportunidad o algunos quieren hacer una obra de caridad. El caso es que le han fichado para que el equipo intente salvar la categoría, que para eso, ahora mismo, es el colista. Se encomiendan a Maradona, al que se ve llorar tras bajar de un carrito de golf en el que hizo su aparición. Puede que los niños pregunten por qué está así y los jóvenes que le vieron jugar en televisión y hacer aquel gol a los ingleses en un Mundial -no el de la mano de Dios sino el de regates en sesenta metros a cuantos salían a su paso- no se expliquen nada, absolutamente nada.
Cuando se ha sabido que entre las condiciones de su contrato figura que no tiene obligación de entrenar a diario, más que desazón, se siente lo imposible.
Pero en el país de la mitomanía, “dios” lo puede todo. Aunque no sea ejemplo de nada.

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